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Una propuesta de teoría de las crisis y de los ciclos económicos



El paradigma de la nueva economía ha provocado la entrada en crisis del modelo de los ciclos financieros a favor de la teoría de los ciclos reales de los negocios. Nixon, en 1971, rompió la gran promesa monetaria (la convertibilidad del dólar), iniciándose una etapa de expansión de la fiducia financiera sin precedentes históricos. 

A partir de entonces hemos vivido momentos muy dulces en los mercados y momentos claramente preocupantes. En la actualidad, a pesar de que la economía financiera rebasa con creces la economía real, nos hallamos en una fase del ciclo no principalmente financiera. Estamos en una fase del ciclo en el que predomina la economía real, la mejora de la competitividad de las empresas y de los negocios. 


Si del predominio de la ‘economía real’ (primero en forma de ‘riqueza de las naciones’ y después en forma de ‘marginalismo’) se pasó al predominio de la ‘economía financiera’, en la actualidad se está pasando a una ‘economía tecnológica’, con un claro sesgo orientado a la innovación, a la información y su tránsito (conectividad), a la ruptura con la escala convencional de producción y a la competitividad. Todavía no sabemos, nos falta perspectiva histórica, si se trata de ciclos o fases cada vez más prolongados por los estabilizadores automáticos, clásicos o de nueva generación, o si se trata, por el contrario, de un enfoque radicalmente distinto y novedoso que requiere una nueva teorización. 

Lo que sí es cierto es que la economía norteamericana ha estado creciendo sin solución de continuidad a lo largo de toda la década de los noventa, a tasas más propias de un país emergente que de un país desarrollado. Y, además, está creciendo sin fricciones inflacionarias y prácticamente con pleno empleo (4% NAIRU). Es decir, se trata de un crecimiento ejemplar.

Es por todo esto por lo que a nuestro juicio se requiere una teoría más eficaz y potente que explique las crisis económicas y los momentos de expansión de las economías occidentales en el nuevo paradigma de la nueva economía. Y para ello vamos a utilizar un criterio claramente amortizativo y los tres agentes principales que actúan e interactúan en una economía paradigmática del mundo desarrollado: la Administración pública, los agentes e instituciones financieras y las empresas. En la nueva economía la Administración pública tendrá un papel capital en la gestión de la garantía pública, las instituciones financieras en la gestión del riesgo (que es su saber hacer) y las empresas en la gestión de la innovación (conocimiento y tecnología).

¿Por qué una teoría basada en los procesos amortizativos? Pues porque en el nuevo paradigma de la nueva economía se obliga a todos los agentes, pero sobre todo a las empresas, a que incurran en procesos desamortizativos en sus balances, básicamente sustitución de tangibles por intangibles, para adaptarse al cambio tecnológico. Las empresas que no amorticen aceleradamente sus estructuras convencionales tendrán problemas de competitividad y, por ende, de subsistencia. 

La nueva economía requiere estructuras empresariales más flexibles y en las que se prioriza la dedicación de los recursos (estructura económica o activo de la empresa) frente a la obtención de los mismos (estructura financiera o pasivo de la empresa). En la nueva economía la financiación no es un problema acuciante toda vez que los mercados financieros son eficientes y maduros.

Nuestra propuesta de teoría de las crisis económicas es la siguiente. Toda crisis económica, bajo el paradigma económico occidental, se produce por desfases amortizativos entre los tres agentes enumerados ut supra: Administración (amortización de infraestructuras), entidades financieras (amortización financiera) y empresas (amortización de inmovilizados o amortización empresarial). Es decir, las crisis y las recesiones económicas se producen cuando se desfasan la amortización de las infraestructuras con respecto a las necesidades amortizativas de las empresas, cuando se desfasan las amortizaciones financieras (plazos de recuperación de la inversión crediticia) con respecto a las amortizaciones empresariales, etcétera. 

Qué ocurre cuando se producen esos desfases. Pues cuando, por ejemplo, la amortización empresarial, es decir, la de los activos empresariales, es más acelerada que la amortización pública (infraestructuras) se produce una pérdida de competitividad de las empresas y productos toda vez que no cuentan con las dotaciones públicas necesarias (buenas comunicaciones, carreteras, suministros…). Por otra parte, cuando se produce una aceleración de la amortización empresarial frente a la amortización financiera se genera el tan temido ‘credit crunch’ o restricción generalizada del crédito (las entidades financieras tienen problemas de liquidez y no pueden seguir prestando). En otro sentido, cuando la Administración pública experimenta una aceleración desfasada de sus procesos amortizativos (amortización de infraestructuras) frente a la amortización empresarial se producen déficits públicos crónicos (inflación, desequilibrios macroeconómicos, pérdida de competitividad de las empresas…) etcétera.

En definitiva, el papel amortizador en las empresas, que hasta la fecha había sido considerado como vegetativo, con crecimiento pautado y lineal, ha adquirido una relevancia capital en la gestión empresarial. Las amortizaciones cada vez son menos lineales y logarítmicas y requieren una atención sin precedentes en el paradigma de la nueva economía.

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